
En frente de ti quede. Tú estabas tirado sobre el asiento. Yo no hallaba la hora de soltarte un beso muy fuerte. Como de aquellos que sólo se dan cuando se está con desesperación de tocar labios y estrujarlos.
Te la pasaste todo el Vips hablando de temas intrascendentes, de tus exnovias, de tu pérdida total por aquella, de no volver con... ¿Para qué lo recuerda? Estaba hasta el hartazgo de tu mala suerte en el amor o desamor.
Pensaba sólo una cosa: deseo meterme pronto a su Civic, sentarme en los asientos de piel, acomodarme y darte un beso. Soporte tus irés y venirés con una plática de redundancia. Toleré tu pastel con zarzamora, el cual comías lentamente. Tus inumerables solicitudes de café, tu sueño en la cara y lo mal que la estabas pasando conmigo.
Mi objetivo era único. Sólo uno. Tocarte la cara y ya. Robarte...robarte.
Cuando por fin pagaste, estaba realmente con ansiedad. Entramos rápidamente al carro y sin aguantar más, al acomodarte en el asiento para prender muy rápido el auto, te solté el beso. No iba a permitir que encendierás y nos largaramos cada quien a sus respectivos destinos lejos de sí mismos, para volver a convertirnos en unos a uno.
Te lo robé, con impaciencia, fue rápido, certero y sútil. Cuando se estaba poniendo bien el asunto, de calor entre los labios, en la comisura, bajaste tu mano y lo arruinaste todo.
Una palma directo en el pecho.
Sólo me reí.
¿Hallaste una sorpresa, querido?
Desde aquel día, no he vuelto a verte.
Un pastel no es suficiente para que me vengas a tomar sin permiso.
Los modales, son importantes, siempre. Por eso, mi ultraje, mi robo es con estilo, le doy el beso al dueño.
De mientras, sigo en el Vips, esperando impaciente otro beso, otro auto.
Me encantan la piel, pero ahora, ya tengo uno propio.