06 marzo 2009

¿Le asusta la oscuridad?


Iba corriendo para no llegar tarde. Las pesadillas habían invadido su cabeza y la despertaban con todo el cuerpo de sudor. Conseguirse un trabajo de madrugada no era mala idea, lo que si es de miedo transitar el pasillo oscuro de ese viejo edificio estilo barroco de la Conquista.

En su mente cruzaba el cuento de Chac Mool de Fuentes. Cada que caminaba sentía le saldría ese hombrecito, moreno, con ojos de lujuria y burla, con la muerte pintada en sus labios. Apretaba su paso, pero sus pequeños pies no daban para mucho al atravesar los enormes patios de esas construcciones.

Un tiradero de hojas sin sonar. Muchos guardianes dormidos en una oficina y sin luz. El viento no existía, ni voces, para acabarla. Nada de lo que cuentan las películas de terror.

Nada. Así que realmente, ignoraba cómo sucedió la claudicación de la hambruna. Creo fue la oportunidad. Día tras día, su compañero se reía de su miedo por transitar ese pasillo. Así que cuando se le atravesó, en un día oscuro, bien oscuro, sin estrellas, sin luna, sin viento, sin ruido, sin grillos, no lo pudo evitar.

Simplemente su pesadilla se hizo realidad. Su “compañerito” la quiso asustar. Ella se sobresaltó cuando le salió al paso, escondido en un arco y le preguntó: ¿A poco tienes miedo? Y su carcajada enturbió la quietud.

Ahí, se paró en seco ella. Sus ojos se enturbiaron con la oportunidad. El hambre que padecía por la dieta impuesta ante los pocos recursos parecía haberse acabado, la crisis afecta a todos, se repetía, pero hay ocasiones que debemos darnos un gustito.

Después de esa carcajada, atinó a decir ella: ¿Le asusta la oscuridad? Por supuesto que no, le respondió el hombre. Debería, uno nunca sabe cuando los espíritus se salen de sus jaulas, le dijo la fémina, que con la negrura de la madrugada, no se le notaban los afilados colmillos y ese rugido de cacería que no sabía si salía de sus tripas o su garganta.

A mí me han salido fantasmas, sin que él terminara de pronunciar estas últimas palabras cuando de un golpe seco, la garganta le fue apagada. Lo devoró muy rápido, había que checar pronto la tarjeta. Nadie se dio cuenta, sabía su oficio. Al terminar, se fue al baño, para limpiarse lo más que pudo, afortunadamente a esas horas nadie se da cuenta de la vestimenta, la cual, se quita en el casillero para iniciar el turno. Sabía que a partir de esa noche no habría más temores, ni molestias de gente non grata, además de que en barriga llena…