
Te espere casi dos horas sentada en un pequeño hueco de la Central de autobuses.
Quedamos muy claros: el día 31 de diciembre para abrazarnos. Como la ansiedad me colma las venas, arribe temprano.
Te llevaba debajo del abrigo un café negro, una ropa sencilla y unos labios dispuestos a besarte.
Pasaron las 10 y nada. Entonces determine tomarme el café.
Idas y venidas de personas angustiadas por subir y bajar maletas. Por correr antes de las 12. Por buscar su gente o salir del infierno de un lugar de partidas o llegadas.
Me sorprendieron las 11 y nada. Me mordía estos labios dispuestos y los hice sangrar, sólo por rabieta, por pensar que me estuviste mintiendo.
A las 11:30 tiré esa ropa. Me enoje intensamente y rompí mi abrigo.
Por fin las 12:00. Unos cuantos se abrazaron. Otros recorrieron pasillos para alcanzar a sus estimados.
Y estuve estoicamente de pie. Como una condena a vivir sin tu presencia otra vez.
Siberia parecía buena ante este nuevo dolor en el alma y el orgullo.
Y salí mirando de frente, finalmente, era mi presidio de valentía.
Tiré el celular y me dispuse a iniciar un nuevo año en Siberia, en la Siberia gris.
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