
Hace más de 20 años, la ciudad quería ser cosmopolita. Tener un auto, construir todos los espacios y gastar agua con la manguera era de lo más usual.
Pero sucedió que el terremoto vino a hacernos descubrir que somos vulnerables. Luego, llegaron los niveles de contaminación cada día más fuertes.
Se veía a lo lejos una nata café como nubes catastróficas en el horizonte. Veía a niños enfermos todo el tiempo.
Los árboles eran tristes y decaídos ante la lluvia ácida. Y los pájaros empezaron a ser menos.
Fue cuando descubrimos que se estaba acabando el agua y que nos ahogabamos en nuestra propia basura.
Se dejaron de ver los cerros alrededor de mi ciudad.
Y fue cuando en las escuelas nos pidieron usar tapabocas.
Entonces, mis padres se preocuparon. Entonces mis vecinos dejaron de usar el auto hasta para ir a la tienda. Y fue entonces, cuando en la escuela, nos pidieron sembrar árboles, recoger la basura y no tirar agua bajo ningún motivo.
Hoy no ha mejorado tanto la situación.
Pero me alegra encontrar palabras de tristeza cuando corta un árbol una autoridad o alguna persona insensible. La gente le duele, le preocupa.
Hay pequeñas plantas en los balcones. Y nadie se queja tanto cuando deja de circular un día con el carro.
Si alguien tira agua con su manguera es tachado de despota, de inconciente.
Los pájaros volvieron a cantar con más fuerza.
Y de vez en cuando, al soplar el viento fuertemente, se logran ver los cerros.
Falta mucho, pero ahí vamos en el medio ambiente.
No dejes a otra generación un planeta enfermo.
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